8Mis huídas has tú contado: Pon mis lágrimas en tu redoma: ¿No están ellas en tu libro?
9Serán luego vueltos atrás mis enemigos el día que yo clamare: En esto conozco que Dios es por mí.
10En Dios alabaré su palabra; En Jehová alabaré su palabra.
11En Dios he confiado: no temeré Lo que me hará el hombre.
El Salmo 56 nace de una situación de amenaza. David no presenta una valentía artificial; reconoce que tiene miedo y, precisamente por eso, decide confiar en Dios. La imagen de las lágrimas guardadas muestra que el Señor no trata el sufrimiento como una molestia ni exige ocultarlo para acercarnos a él. La fe bíblica puede llorar y seguir creyendo. Cuando reprimimos el dolor, a menudo sale convertido en irritación, distancia o dureza. Hoy busca un lugar tranquilo y permite que tu oración incluya lágrimas, enfado y preguntas, sin acusar a Dios de falta de cuidado. Después, llama a una persona madura y dile con sencillez cómo estás. Compartir el peso no es fracasar espiritualmente; puede ser una forma de recibir el consuelo que Dios ofrece mediante su pueblo.
¿Qué emoción has estado escondiendo de Dios y de las personas que podrían acompañarte?
Escribe una oración honesta de diez líneas y compártela, al menos en resumen, con alguien de confianza.
Señor, tú ves cada lágrima y conoces mis temores. Enséñame a llorar delante de ti sin vergüenza, a recibir ayuda y a confiar aunque todavía no entienda mi situación. Amén.
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