1Y VI un cielo nuevo, y una tierra nueva: porque el primer cielo y la primera tierra se fueron, y el mar ya no es.
2Y yo Juan vi la santa ciudad, Jerusalem nueva, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.
3Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios con ellos.
4Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas.
5Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.
Apocalipsis 21 ofrece esperanza a comunidades que conocen la presión, el dolor y la oposición. La visión no presenta una huida eterna de la creación, sino una renovación en la que Dios habita con su pueblo. La muerte, el duelo, el llanto y el dolor no tienen la última palabra. La promesa descansa en la presencia de Dios. Esta esperanza futura no nos vuelve indiferentes al presente. Si Dios promete enjugar lágrimas, su pueblo está llamado a acercarse a quienes lloran. No podemos eliminar todo sufrimiento, pero sí acompañar, escuchar y trabajar por la justicia. Hoy busca una persona que atraviesa tristeza y ofrece una presencia concreta, sin frases rápidas ni soluciones fáciles.
¿Cómo puede la esperanza de la renovación futura hacerte más presente ante el dolor de alguien hoy?
Llama a una persona que esté sufriendo, pregúntale cómo se encuentra y escucha su respuesta sin intentar corregir inmediatamente su dolor.
Dios de esperanza, gracias por prometer una creación renovada y el fin del dolor. Hazme sensible al sufrimiento presente y fiel para acompañar con compasión. Amén.
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