1Y VI un cielo nuevo, y una tierra nueva: porque el primer cielo y la primera tierra se fueron, y el mar ya no es.
2Y yo Juan vi la santa ciudad, Jerusalem nueva, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.
3Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será su Dios con ellos.
4Y limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y la muerte no será más; y no habrá más llanto, ni clamor, ni dolor: porque las primeras cosas son pasadas.
5Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.
Apocalipsis ofrece esta visión a comunidades que conocen persecución, pérdida y presión imperial. La esperanza final no es escapar de la creación, sino recibir una creación renovada donde Dios habita con su pueblo. La promesa de quitar el dolor no exige negar el sufrimiento presente; garantiza que el mal, la muerte y las lágrimas no tendrán la palabra definitiva. Esta visión orienta nuestra manera de vivir ahora. Si Dios prepara un mundo de justicia y presencia, nuestras decisiones pueden anticipar esa realidad sin pretender completarla nosotros. Consolamos al que llora, cuidamos la creación, rechazamos la violencia y trabajamos por reconciliación. No hacemos estas cosas para fabricar el reino, sino porque esperamos al Dios que lo consumará.
¿Qué práctica de justicia, consuelo o cuidado puede anticipar hoy la renovación que Dios promete?
Acompaña de manera concreta a una persona que está atravesando duelo, sin apresurar su proceso ni ofrecer explicaciones fáciles.
Dios que haces nuevas todas las cosas, sostiene mi esperanza ante el dolor. Hazme una presencia compasiva, comprometida con la justicia y paciente mientras espero la plenitud de tu renovación. Amén.
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