1YO soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador.
2Todo pámpano que en mí no lleva fruto, le quitará: y todo aquel que lleva fruto, le limpiará, para que lleve más fruto.
3Ya vosotros sois limpios por la palabra que os he hablado.
4Estad en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto de sí mismo, si no estuviere en la vid; así ni vosotros, si no estuviereis en mí.
5Yo soy la vid, vosotros los pámpanos: el que está en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque sin mí nada podéis hacer.
6El que en mí no estuviere, será echado fuera como mal pámpano, y se secará; y los cogen, y los echan en el fuego, y arden.
7Si estuviereis en mí, y mis palabras estuvieren en vosotros, pedid todo lo que quisiereis, y os será hecho.
8En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos.
Jesús pronuncia estas palabras en la noche de su entrega, cuando los discípulos pronto enfrentarían confusión y pérdida. No les ofrece una técnica para producir resultados, sino una relación de permanencia. La rama no fabrica vida por esfuerzo aislado; recibe alimento de la vid. El fruto nace de una unión continua con Cristo. Nuestro activismo puede ocultar una desconexión interior. Hacer muchas cosas para Dios no sustituye escuchar sus palabras, obedecerlas y volver a él cuando fallamos. Permanecer puede incluir una oración breve durante el trabajo, una decisión ética que cuesta o una conversación en la que elegimos amar. El propósito cristiano se mide por el fruto de una vida conectada, no por el ruido que produce.
¿Qué práctica o actitud revela que estás intentando producir fruto sin permanecer conscientemente en Cristo?
Antes de cada tarea importante, detente un minuto para pedir a Jesús que tu actitud refleje su carácter.
Jesús, vid verdadera, mantén mi vida unida a ti. Quita lo que estorba, alimenta mi obediencia y produce en mí un fruto que bendiga a otros y glorifique al Padre. Amén.
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