1PARA todas las cosas hay sazón, y todo lo que se quiere debajo del cielo, tiene su tiempo:
2Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado;
3Tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar;
4Tiempo de llorar, y tiempo de reir; tiempo de endechar, y tiempo de bailar;
5Tiempo de esparcir las piedras, y tiempo de allegar las piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de alejarse de abrazar;
6Tiempo de agenciar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de arrojar;
7Tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar;
8Tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.
Eclesiastés no presenta una agenda para controlar todos los acontecimientos, sino una mirada realista sobre los ritmos cambiantes de la existencia. Hay temporadas de pérdida, trabajo, celebración, conflicto y paz. Pretender que todo momento sea productivo o alegre nos hace luchar contra la realidad. La sabiduría reconoce la estación presente sin confundirla con toda la vida. Hoy quizá necesites aceptar que algo todavía no está listo, o que una etapa terminó aunque sigas aferrado a ella. Pregunta qué acción corresponde a este tiempo: hablar, callar, plantar, esperar, pedir ayuda o despedirte. Aceptar una temporada no significa resignarse al mal; significa responder con honestidad a lo que existe, dejando que Dios forme paciencia y discernimiento mientras el futuro se aclara.
¿Qué estación de tu vida estás intentando acelerar o prolongar porque te cuesta aceptar su momento presente?
Describe en una frase la temporada que atraviesas y elige una acción que encaje con ella, en lugar de actuar por pura prisa.
Señor de los tiempos, enséñame a reconocer la estación que vivo. Dame paciencia para esperar, valor para actuar y libertad para soltar aquello cuyo momento ya ha terminado. Amén.
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