1Y SE llegaban á él todos los publicanos y pecadores á oirle.
2Y murmuraban los Fariseos y los escribas, diciendo: Este á los pecadores recibe, y con ellos come.
3Y él les propuso esta parábola, diciendo:
4¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si perdiere una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va á la que se perdió, hasta que la halle?
5Y hallada, la pone sobre sus hombros gozoso;
6Y viniendo á casa, junta á los amigos y á los vecinos, diciéndoles: Dadme el parabién, porque he hallado mi oveja que se había perdido.
7Os digo, que así habrá más gozo en el cielo de un pecador que se arrepiente, que de noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentimiento.
Jesús cuenta esta parábola porque los religiosos murmuraban al verlo recibir a personas consideradas pecadoras. El pastor deja las noventa y nueve para buscar a la que se perdió, y la alegría final revela el corazón de Dios hacia quien está lejos. La historia no glorifica perderse; muestra que la iniciativa misericordiosa de Dios atraviesa la distancia. Hay cansancios que nacen de sentir que debes regresar por tus propios medios antes de ser recibido. Pero el evangelio anuncia a un Pastor que busca, carga y celebra la recuperación. Descansar en Dios es dejar de esconder la herida y permitir que su gracia te encuentre. También significa abandonar la mirada de desprecio hacia otros y participar de la alegría del cielo cuando alguien vuelve a casa.
¿Te ves más como alguien que necesita ser encontrado o como alguien que juzga a quien se perdió?
Ora por una persona que está lejos de Dios y acércate a ella con una palabra respetuosa y compasiva.
Pastor bueno, gracias por buscarme cuando me pierdo. Sana mi vergüenza, ensancha mi compasión y hazme celebrar cada regreso a tu presencia. Amén.
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