1PERMANEZCA el amor fraternal.
2No olvidéis la hospitalidad, porque por ésta algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles.
3Acordaos de los presos, como presos juntamente con ellos; y de los afligidos, como que también vosotros mismos sois del cuerpo.
Hebreos termina con exhortaciones breves para una comunidad que necesitaba mantenerse firme. El amor no debía quedarse en palabras internas: debía abrir la casa al extranjero y acercarse a quienes estaban encarcelados o maltratados. En aquella época, identificarse con personas perseguidas podía traer consecuencias. La hospitalidad y la solidaridad implicaban riesgo, memoria y voluntad de compartir la vulnerabilidad. Hoy podemos practicar una hospitalidad prudente y amplia. Quizá signifique invitar a comer a alguien que vive solo, acompañar a una familia migrante en un trámite o apoyar una red que visita centros penitenciarios. No actúes sin preparación en situaciones delicadas; busca entidades serias y respeta los protocolos. Recordar al que sufre evita que la comodidad nos haga olvidar a quienes no tienen voz.
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Señor, ensancha mi amor más allá de mi círculo habitual. Dame prudencia para abrir puertas con seguridad y memoria para no olvidar a quienes sufren aislamiento o injusticia. Amén.
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