16Oí, y tembló mi vientre; A la voz se batieron mis labios; Pudrición se entró en mis huesos, y en mi asiento me estremecí; Si bien estaré quieto en el día de la angustia, Cuando suba al pueblo el que lo invadirá con sus tropas.
17Aunque la higuera no florecerá, Ni en las vides habrá frutos; Mentirá la obra de la oliva, Y los labrados no darán mantenimiento. Y las ovejas serán quitadas de la majada, Y no habrá vacas en los corrales;
18Con todo yo me alegraré en Jehová, Y me gozaré en el Dios de mi salud.
19Jehová el Señor es mi fortaleza, El cual pondrá mis pies como de ciervas, Y me hará andar sobre mis alturas
Habacuc no llega a esta confesión ignorando la violencia y la crisis. Ha preguntado, ha escuchado una respuesta difícil y ahora imagina un escenario de pérdida agrícola y económica. Su alegría no nace de negar la escasez, sino de decidir que Dios seguirá siendo su centro cuando fallen los recursos visibles. La fe del profeta tiene los pies en la tierra y los ojos levantados. Confiar así no obliga a sentir entusiasmo artificial ni impide buscar soluciones, ayuda comunitaria o justicia. Significa que la falta de resultados no define el valor de nuestra vida ni cancela la fidelidad de Dios. En días de incertidumbre económica, podemos practicar una esperanza sobria: agradecer lo recibido, actuar con responsabilidad y sostener a quien tiene menos. El Señor puede ser nuestra fuerza mientras caminamos con temblor.
¿Qué recurso, resultado o seguridad te cuesta entregar a Dios cuando no puedes garantizar que permanecerá?
Revisa un gasto o recurso disponible y destina una parte, aunque sea pequeña, para ayudar de manera concreta a alguien en necesidad.
Señor, en la escasez y la incertidumbre, sé mi fuerza sin permitirme negar la realidad. Dame sabiduría para actuar, generosidad para compartir y esperanza arraigada en tu fidelidad. Amén.
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