33Y cuando el extranjero morare contigo en vuestra tierra, no le oprimiréis.
34Como á un natural de vosotros tendréis al extranjero que peregrinare entre vosotros; y ámalo como á ti mismo; porque peregrinos fuisteis en la tierra de Egipto: Yo Jehová vuestro Dios.
La ley de Israel vincula la hospitalidad con la memoria. El pueblo debía recordar su propia historia de vulnerabilidad para no convertir su seguridad en desprecio hacia quienes llegaban de fuera. El amor al Padre se reflejaba en una justicia cotidiana: no aprovecharse del extranjero, sino tratarlo con dignidad. Nuestra memoria también puede abrir o cerrar puertas. Piensa en quién se siente fuera en tu entorno: la persona nueva, quien habla con acento, la familia con menos recursos o quien no conoce nuestras costumbres. No supongas lo que necesita; saluda, explica, incluye y escucha. La acogida no borra las normas, pero sí elimina la humillación.
¿Quién puede estar sintiéndose extranjero en tu comunidad, lugar de trabajo o iglesia?
Acércate a una persona nueva, preséntate, explícale algo útil y hazle una invitación concreta para integrarse.
Padre, perdona mi indiferencia hacia quienes se sienten fuera. Recuérdame mi propia necesidad de gracia y enséñame a acoger con dignidad, justicia y respeto. Amén.
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