10Asimismo holgóse mucho el rey David, y bendijo á Jehová delante de toda la congregación; y dijo David: Bendito seas tú, oh Jehová, Dios de Israel nuestro padre, de uno á otro siglo.
11Tuya es, oh Jehová, la magnificencia, y el poder, y la gloria, la victoria, y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y la altura sobre todos los que están por cabeza.
12Las riquezas y la gloria están delante de ti, y tú señoreas á todos: y en tu mano está la potencia y la fortaleza, y en tu mano la grandeza y fuerza de todas las cosas.
13Ahora pues, Dios nuestro, nosotros te confesamos, y loamos tu glorioso nombre.
14Porque ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que pudiésemos ofrecer de nuestra voluntad cosas semejantes? porque todo es tuyo, y lo recibido de tu mano te damos.
David oró al final de la preparación para construir el templo. El pueblo había ofrecido materiales con entusiasmo, pero el rey evitó presentar aquella generosidad como mérito humano. La oración coloca cada recurso en su perspectiva correcta: Dios es el dueño, nosotros administramos. Reconocerlo no desprecia el trabajo realizado; lo libera de la necesidad de presumir o de controlar. Esta visión cambia la manera de planificar el dinero, el tiempo y las capacidades. En lugar de preguntar solamente «¿qué me puedo quedar?», añade «¿para qué propósito puedo administrar esto?». Revisa hoy una categoría de tu presupuesto o una habilidad que posees. Decide cómo usar una parte para servir, sostener una misión o aliviar una carga, sin medir tu valor por el tamaño de tu aportación.
¿Qué recurso te cuesta reconocer como un encargo de Dios y no como una posesión absoluta?
Revisa una partida de tu presupuesto y define por escrito una cantidad mensual para compartir de forma responsable.
Dios de toda provisión, corrige mi manera de mirar mis recursos. Que administre con humildad, trabaje con responsabilidad y dé con libertad, sin orgullo ni miedo. Amén.
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