28Y llegándose uno de los escribas, que los había oído disputar, y sabía que les había respondido bien, le preguntó: ¿Cuál es el primer mandamiento de todos?
29Y Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es.
30Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas; este es el principal mandamiento.
31Y el segundo es semejante á él: Amarás á tu prójimo como á ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.
Jesús responde a una pregunta sobre el mandamiento más importante uniendo dos direcciones del amor. La devoción a Dios no queda encerrada en sentimientos religiosos, y el cuidado del prójimo no puede separarse de una relación viva con él. Corazón, alma, mente y fuerzas apuntan a una entrega completa, no fragmentada. Recuperar el fervor no consiste solo en volver a emocionarnos durante el culto. Consiste en amar a Dios con nuestra atención, decisiones, recursos y cuerpo, y dejar que ese amor se vuelva cercano para otras personas. Hoy elige a alguien que normalmente pasa desapercibido y ofrécele una ayuda concreta. Amar bien requiere mirar, escuchar y actuar.
¿En qué aspecto de mi vida digo amar a Dios, pero todavía trato al prójimo con indiferencia?
Llama a una persona que necesite apoyo, escúchala sin interrumpir y pregunta qué ayuda concreta le sería útil.
Señor Jesús, ensancha mi amor por ti y por las personas. Que mi devoción no sea solo palabra, sino atención, compasión y servicio concreto en cada encuentro. Amén.
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