17De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.
18Y todo esto es de Dios, el cual nos reconcilió á sí por Cristo; y nos dió el ministerio de la reconciliación.
19Porque ciertamente Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo á sí, no imputándole sus pecados, y puso en nosotros la palabra de la reconciliación.
20Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio nuestro; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios.
Pablo explica que la reconciliación con Dios es el centro de la obra de Cristo. Quien está en él recibe una identidad renovada y participa como embajador de esa buena noticia. No se trata de maquillar relaciones rotas, sino de vivir de acuerdo con una paz que Dios inició cuando aún existía enemistad. Ser embajador de reconciliación exige coherencia. No podemos proclamar gracia mientras usamos el conflicto para controlar o humillar. Hoy piensa en una relación dañada donde una conversación segura y apropiada podría abrir un camino. Da un primer paso sin exigir que todo quede resuelto: reconoce tu parte, escucha la historia del otro o propone mediación. Si la reconciliación no es posible ahora, todavía puedes practicar una actitud que no busque destruir.
¿Qué parte de la reconciliación te corresponde iniciar, aunque no puedas controlar la respuesta?
Envía una invitación breve a conversar con respeto, o pide a una persona madura que facilite el encuentro.
Padre, gracias por reconciliarme contigo en Cristo. Hazme un embajador humilde, capaz de reconocer mi parte, escuchar con amor y construir puentes sin forzar procesos inseguros. Amén.
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