39Y uno de los malhechores que estaban colgados, le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate á ti mismo y á nosotros.
40Y respondiendo el otro, reprendióle, diciendo: ¿Ni aun tú temes á Dios, estando en la misma condenación?
41Y nosotros, á la verdad, justamente padecemos; porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos: mas éste ningún mal hizo.
42Y dijo á Jesús: Acuérdate de mí cuando vinieres á tu reino.
43Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso.
Mientras Jesús está clavado en la cruz, un criminal descubre una verdad que otros no quieren ver: aquel condenado es Rey. No puede ofrecer obras, compensaciones ni un futuro largo de servicio. Solo puede reconocer su necesidad y confiar. Jesús no desprecia esa fe pequeña; le promete su presencia y una esperanza más allá de la muerte. Este encuentro desarma nuestra tendencia a medir la gracia por rendimiento. También nos recuerda que nunca debemos declarar a nadie fuera del alcance de Cristo. Tal vez alguien cercano necesita escuchar hoy una palabra de esperanza, o quizá eres tú quien teme haber llegado demasiado tarde. Acércate a Jesús con honestidad. Su misericordia no depende de una historia impecable.
¿A quién has considerado demasiado lejos de Dios, olvidando que la gracia puede alcanzarle?
Envía un mensaje respetuoso de esperanza a una persona que atraviesa culpa, soledad o alejamiento espiritual.
Jesús misericordioso, gracias porque recibes al que se acerca con fe. Líbrame de juzgar por apariencias y úsame para comunicar esperanza a quienes creen que ya no tienen camino. Amén.
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