35Y les dijo aquel día cuando fué tarde: Pasemos de la otra parte.
36Y despachando la multitud, le tomaron como estaba, en el barco; y había también con él otros barquitos.
37Y se levantó una grande tempestad de viento, y echaba las olas en el barco, de tal manera que ya se henchía.
38Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal, y le despertaron, y le dicen: ¿Maestro, no tienes cuidado que perecemos?
39Y levantándose, increpó al viento, y dijo á la mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y fué hecha grande bonanza.
40Y á ellos dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?
41Y temieron con gran temor, y decían el uno al otro. ¿Quién es éste, que aun el viento y la mar le obedecen?
Los discípulos obedecieron la indicación de cruzar y aun así encontraron una tormenta. El peligro no prueba que hayan tomado el camino equivocado. Mientras ellos luchan, Jesús duerme; su aparente silencio aumenta la angustia, hasta que lo despiertan con una pregunta desesperada. Jesús calma el viento, pero también dirige la atención al temor que ha gobernado sus corazones. Confiar en medio de una crisis no significa negar el peligro ni sentirse tranquilo de inmediato. Significa llevar a Jesús la alarma, trabajar junto a la comunidad y recordar que su presencia no depende de que el mar esté quieto. Algunas tormentas terminan pronto y otras dejan consecuencias que requieren tiempo. En todas, podemos aprender a preguntar no solo «¿cómo saldré?», sino también «¿qué revela esto de mi confianza y de la presencia de Cristo?».
¿Qué tormenta actual te hace interpretar el silencio de Jesús como abandono?
Cuando aparezca la ansiedad, detente, nombra en voz baja el temor y realiza una acción práctica de cuidado en lugar de alimentar el peor escenario.
Señor Jesús, permanece conmigo en mis tormentas. Dame serenidad para pedir ayuda, sabiduría para actuar y una confianza que no dependa de comprender cada silencio ni controlar cada ola. Amén.
Te llega por correo al empezar el día. Puedes darte de baja cuando quieras.