19Y como fué tarde aquel día, el primero de la semana, y estando las puertas cerradas donde los discípulos estaban juntos por miedo de los Judíos, vino Jesús, y púsose en medio, y díjoles: Paz á vosotros.
20Y como hubo dicho esto, mostróles las manos y el costado. Y los discípulos se gozaron viendo al Señor.
21Entonces les dijo Jesús otra vez: Paz á vosotros: como me envió el Padre, así también yo os envío.
22Y como hubo dicho esto, sopló, y díjoles: Tomad el Espíritu Santo:
23A los que remitiereis los pecados, les son remitidos: á quienes los retuviereis, serán retenidos.
La primera reunión de los discípulos después de la cruz ocurre detrás de puertas cerradas. Jesús no ignora su miedo: entra en ese espacio, muestra sus heridas y pronuncia paz. Luego convierte a personas temerosas en enviados. La misión nace de encontrarse con el Resucitado, no de aparentar seguridad ni de olvidar el sufrimiento. También nosotros podemos recibir paz sin tener todas las puertas abiertas. Las heridas de Cristo nos recuerdan que la resurrección no borra la verdad del dolor, sino que anuncia que no venció. Después de recibir consuelo, somos enviados a llevar reconciliación, verdad y servicio a nuestro entorno. El propósito no es escondernos para siempre ni exponernos sin sabiduría.
¿A quién podrías acercarte hoy con una palabra de paz que nazca de la compasión y no de consejos apresurados?
Escucha durante diez minutos a una persona preocupada sin interrumpirla ni intentar resolver inmediatamente su situación.
Jesús resucitado, entra en mis espacios cerrados y dame tu paz. Muéstrame cómo convertir el consuelo recibido en una presencia compasiva, prudente y disponible para quienes necesitan esperanza. Amén.
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