33Además habéis oído que fué dicho á los antiguos: No te perjurarás; mas pagarás al Señor tus juramentos.
34Mas yo os digo: No juréis en ninguna manera: ni por el cielo, porque es el trono de Dios;
35Ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalem, porque es la ciudad del gran Rey.
36Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer un cabello blanco ó negro.
37Mas sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.
En el Sermón del Monte, Jesús confronta la costumbre de reforzar las promesas con juramentos mientras se deja espacio para la ambigüedad. Su enseñanza llama a una sinceridad tan constante que no sea necesario fabricar una apariencia de credibilidad. La persona madura no usa frases religiosas, exageraciones o tecnicismos para escapar de la responsabilidad de lo que ha dicho. Ser claro también exige reconocer los límites. En vez de prometer para agradar y cancelar después, aprende a decir «ahora no puedo» o «necesito pensarlo». Esa honestidad puede resultar incómoda, pero protege la confianza. Revisa hoy una conversación en la que diste una respuesta ambigua. Aclárala cuanto antes, con humildad y sin culpar a la otra persona por haber entendido tus palabras.
¿Tus compromisos suelen ser claros o dejas espacio para reinterpretarlos cuando te conviene?
Aclara una promesa o compromiso ambiguo y expresa con precisión qué harás, cuándo lo harás o por qué no puedes hacerlo.
Jesús, limpia mi manera de hablar. Hazme claro, sincero y responsable con mis compromisos, para que mis palabras sean dignas de confianza sin necesidad de exagerarlas. Amén.
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